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La palabra más difícil de oír

(Este capítulo aparece en el libro "Celebrar la vida", escrito por el Rabino Jonathan Sacks Z.L)


Durante cincuenta años Goldberg había sido uno de los más asiduos a la sinagoga. Iba dos veces al día para hacer sus rezos. De pronto, dejó de ir. Pasaron las semanas y en la sinagoga le echaban de menos.


Un día el rabino fue a verle y le preguntó qué le pasaba. Goldberg fue al grano inmediatamente: «Durante cincuenta años, rabino, estuve yendo a la sinagoga. Entonces, por primera vez, pedí una cosa. Pedí que me tocara la lotería. Seguí rezando y no gané. ¿Por qué razón tendría que seguir yendo? Dios no ha respondido mis súplicas.» «Estás equivocado —le dijo el rabino—. Dios sí ha respondido a tus súplicas. Solo que Su respuesta fue ‘no’».


Me gusta esta historia pues, de una manera muy sutil, nos recuerda una verdad muy dura. La palabra más difícil de oír en cualquier lengua es la que significa «no».


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Conozco mucha gente buena y considerada a la que le cuesta entender por qué el judaísmo —o, en estos mismos temas, cualquiera de las grandes religiones reveladas— contienen tantos «no deberás». ¿A Dios realmente le importa lo que comamos, con quién nos casemos o lo que hagamos en el séptimo día? Es cierto que la fe —dicen— trata de las cuestiones mayores, de las cuestiones espirituales: amor, compasión, justicia y paz. ¿Podemos realmente experimentar a Dios en la letra pequeña de la ley bíblica, esa densa espesura de prohibiciones?


Seguramente sean obra de los hombres, ansiosos de erigir un muro alrededor de las ciudadelas de la fe. Dios es demasiado grande como para estar preocupado por las minucias del comportamiento humano. Dios es un gran «Sí», no un limitado «No».


Me gusta esta forma de pensar, pero me pregunto si realmente puede ser así. Cada afirmación implica una negación. Cada compromiso es también un gesto de privación. Sin la fuerza para decir «no», nunca tendremos la capacidad de decir «sí». Cuando dos personas se prometen mutuamente en matrimonio están diciendo «no» al adulterio.


Cuando dos amigos hablan en confianza, están acordando tácitamente no compartir sus comentarios con terceros. Sin privación no puede haber confianza. Nuestro «sí» implica un «no».


Algo así se aplica a cualquier logro importante. Salvo que podamos decir «no» a las distracciones, nunca terminaremos ese libro, nunca acabaremos el maratón, nunca podremos arreglar el grifo que gotea, ni estar con nuestros hijos el tiempo que les habíamos prometido.


Siempre hay algo que se cruza en nuestra mente para poner nuestra atención en otras cosas. Uno de los cantos de sirena de nuestra cultura es «tenerlo todo». Tras ello descansa la idea de que podemos hacer, ser o tenerlo todo — puede que no a la vez, pero sí a lo largo del tiempo. No hay opciones difíciles, no hay conflictos irreconciliables, no hay dilemas genuinos. No hay ningún «sí» que suponga un «no» definitivo a ninguna otra cosa.


Es la ética de la fantasía. Afortunadamente, la realidad diaria nos recuerda regularmente que hay cosas que requieren un compromiso auténtico, incluso valentía. Ser un cónyuge fiel, un buen padre, un verdadero amigo, un buen empresario o un buen empleado, exige el tipo de lealtad que dice «no» a cientos de tentaciones. La fuerza moral se forja a partir de saber decir «no».


Nunca olvidaré una mujer que conocí una vez, que dedicaba su vida a curar a jóvenes que habían caído en la adicción a las drogas. Le pregunté: «¿Qué ha hecho usted para cambiarles la vida?» Respondió: «Probablemente sea la primera persona que han conocido que se preocupa lo suficiente por ellos como para decirles ‘no’». Igual que ella hacía con los jóvenes, Dios hace con nosotros.

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