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Los pintores del horror nazi

Actualizado: ene 15


En escasas semanas saldrá a la venta el libro "Artistas en los Campos nazis" publicado por Nagrela Editores.

Por: JAVIER MOLINS

Fuente: ABC - Fotografía: Moritz Nagel, Literas con escaleras, 1942


Los campos de exterminio fueron el infierno para decenas de artistas. Recordamos sus obras a los 70 años de la liberación de Auschwitz.


«La terrible belleza de todos los cuerpos apilados como las ramas de una hoguera, con las manos y los pies que sobresalían. Esa elegancia trágica me fascinaba: la piel era casi transparente, los dedos parecían tan finos, tan frágiles... Los miraba como un sonámbulo que había perdido toda reacción normal, que había aceptado la realidad del campo como si no hubiera otra». La cita es del artista Zoran Music, quien fue recluido en el campo de Dachau en 1944, y relata el paisaje dantesco que encontró al llegar a este lugar y que plasmó en los dibujos que pudo realizar de forma clandestina y que actualmente se conservan en el Centro Pompidou de París.


Music es uno de los 90 artistas que fueron recluidos en guetos y campos de concentración nazis y que fueron capaces de crear obras de arte durante su estancia en los mismos a pesar de las duras condiciones de vida que tuvieron que soportar. Tal y como afirmó el artista Waldemar Nowakowski, «me rodeé de arte con la intención de sobrevivir».


Obras clandestinas


La temática de estas obras se puede clasificar principalmente en tres grandes grupos. Por una parte, están las obras que responden a encargos que los oficiales de las SS hacían a los internos que destacaban por sus aptitudes artísticas. Estos encargos iban desde los carteles informativos para los presos hasta paisajes para decorar las viviendas de los altos oficiales o simples retratos que los guardias enviaban a sus familias.


En segundo lugar, están las obras que documentan las duras condiciones de vida de los guetos y de los campos. Una actividad totalmente prohibida en el campo que podía costar la vida a quien la llevara a cabo. Sin embargo, ante la incertidumbre de si el resto del mundo llegaría a conocer el horror de los guetos y campos, muchos artistas optaron por documentar la vida diaria.


La artista Halina Olomucki lo resume muy bien: «Mi trabajo sencillamente consistía en tomar nota, dibujar lo que estaba sucediendo». El resultado son unas obras de una enorme dureza, como las realizadas por Léon Delarbre durante su estancia en el campo de Buchenwald, en las que aparecen presos ejecutados o moribundos.

Por último, está el grupo de obras realizadas con el fin de evadirse del horror cotidiano y evocar escenas idílicas o del pasado. Son obras de bodegones, paisajes o retratos idealizados de los presos, como los realizados por Zofia Stepien-Bator, quien pintaba a las presas tal y como se imaginaba que eran antes de entrar en el campo de Auschwitz.


Toda esta actividad artística se desarrolló principalmente en cuatro guetos (Kovno, Terezin, Kovno y Varsovia) y en 14 campos de concentración: los de Dachau, Buchenwald, Mauthausen, Ravensbrück, Sachsenhausen, Saint-Cyprien, Gurs, Milles, Compiègne, Drancy, Malines, Stutthof, Lublin/Majdanek y Auschwitz


Pero si hay un campo que sobresalió por su actividad artística, ese fue curiosamente el más siniestro de todos, el de Auschwitz, que llegó a disponer incluso de un museo. El comandante del campo, Rudolf Höss, autorizó en octubre de 1941 la apertura de un museo en el barracón número 6, que en marzo de 1942 sería trasladado al barracón 24. La iniciativa de abrir un museo fue una idea desesperada de un prisionero polaco, Franciszek Targosz (1899-1979), para salvar su vida.


Toda actividad artística que no fuera encargada por los oficiales de las SS estaba totalmente prohibida en Auschwitz y Targosz, que había sido deportado al campo en diciembre de 1940 con el número de interno 7.626, fue sorprendido por Höss mientras realizaba unos dibujos de caballos. El artista, en un intento por salvar su vida, le propuso al comandante del campo la creación de un museo para que los oficiales pudieran disfrutar de un lugar de cultura en el que se exhibiera el arte aprobado por el régimen nazi. Höss comprendió de inmediato el potencial que esta iniciativa podía tener entre los altos dignatarios nazis que visitaran el campo, por lo que encargó al propio Targosz la organización del museo.


Por allí pasaron más de veinte artistas que durante su internamiento fueron capaces de crear obras de arte, de plasmar sobre papel el infierno de un campo de concentración, de reivindicar su condición humana a través el arte. Al fin y al cabo, como dijo Zoran Music, «yo era un pintor que debía hacer eso porque no sabía hacer otra cosa».

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