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Así cuenta Golda Meir en su libro su relación con Henry Kissinger


Este texto aparece en Mi vida, la autobiografía de Golda Meir, que Nagrela Editores ha reeditado.



La guerra inició su decimonoveno día con una nueva crisis.


En aquellos momentos la máxima personalidad de Oriente Próximo no era el presidente Sadat, ni el presidente Assad, ni el rey Fáisal, ni siquiera la señora Meir. Era el secretario de Estado estadounidense, el doctor Henry Kissinger, cuyos esfuerzos en pro de la paz solo pueden calificarse de sobrehumanos.


Mis relaciones con Henry Kissinger tuvieron sus altibajos. A veces cobraron tintes muy complicados, sé que a veces lo irrité y hasta lo enfurecí... y viceversa; pero admiraba sus dotes intelectuales, su paciencia y su perseverancia casi ilimitadas, y al final nos hicimos buenos amigos. Conocí también a su esposa y pasé algún tiempo con ella en Israel, llegué a apreciarla y a admirarla inmensamente. Una de las cualidades más impresionantes de Kissinger era, probablemente, su fantástica capacidad para asimilar los detalles más mínimos de cualquier problema que abordaba. En cierta ocasión me confesó que no había oído hablar nunca de un sitio llamado Quneitra, pero que cuando se dedicó a negociar la separación de las fuerzas sirias e israelíes en los Altos del Golán no había allí una carretera, una casa o incluso un árbol de los que no supiera todo lo que había que saber. Yo le dije:


«A excepción de los antiguos generales que forman parte del gabinete israelí, no creo que haya un solo ministro que sepa tanto como usted sobre Quneitra».


Cuando inició la marcha por el largo y accidentado camino que conduciría a la separación de fuerzas en los Altos del Golán, y le advertimos que no renunciaríamos a ciertas posiciones en las colinas próximas a Quneitra, porque supondría poner en peligro los asentamientos israelíes del valle, se mostró escéptico. «Hablan ustedes de esas colinas como si fuesen los Alpes o el Himalaya —me dijo—.


He estado en los Altos del Golán y no he podido ver allí unos Alpes». Pero, como siempre, escuchó atento, aprendió todos los detalles de la topografía y, cuando estuvo seguro de que teníamos razón, se dispuso a pasar unos días persuadiendo a Assad de que los sirios debían ceder en tal y tal punto. Al final lo hicieron. Durante todo el tiempo, Kissinger iba y venía como si nunca hubiese oído la palabra «fatiga».


En algún momento, las negociaciones con los sirios casi se rompen, Kissinger redactó borradores de declaraciones para ellos y para nosotros, a fin de que, al menos, se dijera que serían solo aplazadas, no canceladas por completo. El último día vino con otra nueva demanda de Assad y contestamos: «No. Esto, no.


Esto es inaceptable». Entonces él apuntó: «Muy bien. Así, pues, esto es el final. Sisco irá hoy a Damasco con instrucciones de que no habrá “más negociaciones” y que sugerimos la publicación de un comunicado conjunto». Aquella tarde, Kissinger vino a verme —debía marcharse por la noche— y repitió: «Bien, esto es el final». Luego, me miró: «¿Cree usted que tal vez debiera ir yo a Damasco en lugar de Sisco?». «No me atrevo a pedírselo —respondí—. Usted me dijo que nunca se reuniría con Gromiko en Damasco, y allí precisamente es donde está ahora». Kissinger reflexionó unos instantes y añadió: «Sí, debo verle, aunque solo sea una breve visita de cortesía. ¿Qué opina? Haré lo que usted sugiera».


«Mire —dije—, solo sé una cosa. Si va usted hay alguna posibilidad de que lo consiga esta vez. En caso contrario, no hay posibilidad alguna». Joseph Sisco, que estaba en el despacho con nosotros, asintió inclinando la cabeza y señaló:


«Estoy completamente de acuerdo». «Muy bien —repuso Kissinger—. Iré. Quizá pueda hacer algo después de todo». Y se marchó enseguida.


Si quieres saber cómo sigue el relato, puedes adquirir AQUÍ la autobiografía de Golda Meir.



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